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Muestrario de Sirik,

de Margarita García Alonso

En Groenlandia, las distancias se miden en Sirik, palabra que en la lengua inuit o inupiak significa: sueños y noches que dura un desplazamiento.

El libro reúne poemas publicados entre 1988 y 2016.Es mi cartografía de pasiones y descentramientos. 14 Libros en un tomo. EDITIONS HOY NO HE VISTO EL PARAISO, 2017

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Zupia, poemario de Margarita García Alonso, Editions Hoy no he visto el Paraíso, 2016

Conforme a la Real Academia Española,  “Zupia” significa: 1. f. Poso del vino. / 2.  f. Vino turbio por estar revuelto con el poso. /  3. f. Líquido de mal aspecto y sabor./  4. f. Parte más inútil y despreciable de cualquier cosa.

Las cuatro acepciones están presentes en este poemario de Margarita García Alonso. 

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Cuaderno de la vieja negra, de Margarita García Alonso, Editions Hoy no he visto el Paraíso, 2016, es un experimento  sobre la maestría de palear, arrastrar, tirar, suprimir hasta llegar a desvestir el verso. Un cuaderno metafórico, escrito con  lenguaje directo, donde utilizo la técnica del desdoblamiento para  contar la otra, la negra  en la oscuridad, quien quizás sea la luz.  en venta en BUBOK y en AMAZON

CRITICAS

La metamorfosis o “Cuaderno de la vieja negra”, de Margarita García Alonso,EN sIGNUM NOUS, POR Sonia Diaz Corrales

Podría ocurrir que quien lee este escrito me suponga acodada sobre mi escritorio o recostada en un sillón, con el libro delante de los ojos, pero no se puede leer “Cuaderno de la vieja negra”, de Margarita García Alonso, desde posturas convencionales, así que subí por las paredes y aproveché para balancearme colgando del techo, enrollada en un capullo, con pretensión de ser una oruga de mariposa, que finalmente se transformó en mí hablándole a estos versos, en muchas formas, como las que el propio texto utiliza, una polifonía que se adentra en todos los lenguajes con las mismas destrezas: derribar los límites, dejar constancia de su rareza, mortificar a los falsos, convencernos de que fuera del ahora, este o cualquier otro libro de poemas no tiene sentido.

Margarita García Alonso nació en Matanzas, Cuba, y desde 1992 reside en Francia. Es poeta y artista plástica y visual. Autora de doce poemarios, cuatro novelas y de varios cuadernos de arte. Licenciada en periodismo en la Universidad de la Habana. En Francia obtuvo el Máster en Industrias gráficas.[1]

“Cuaderno de la vieja negra” es un sostenido hilo de emotividad que va de uno a otro sujeto, unas veces habla la negra sabia, rabiosa, mentalmente ágil, precisa, otras sus alter egos, seres de luz de extrema timidez, que desaparecen en cuanto sienten que les podríamos reconocer.

Una cuerda muy fina, trenzada, nos conduce por los primeros poemas, breves, de versos cortos, entrecortados, se diría que balbucientes si luego este relato no se convirtiera en un sólido bloque de versos largos, matizados, dibujados, imprescindibles. No digo que esta será una lectura fácil porque mentiría. Será fructífera si encontramos ese hilo conductor y tiramos con fuerza, sin miedo, aunque todo desaparezca para retornar con brutal claridad: “lo perfecto / en el ruido / que se impone / donde hay silencio”. Nada indica dónde está el principio o el final, la idea delimita los espacios, se expande en función del mensaje que espera dar, o su omisión, que bien visto es también un mensaje: “hablaron de casualidad / cuando perdí la vista / no dijeron ciega”, cada giro nos muestra otro rostro de las protagonistas, otros símbolos para darnos mansamente la soledad que va creciendo como una escara en el mundo que nos cuentan: “nada ha cambiado, / nada cambiará, / la roca se deshace / en un polvillo inatrapable”. Nada delimita a la idea excepto la idea misma, que se expande como si no tuviera fin, como si cada palabra fuera una gota cayendo en el agua, rompiendo su superficie brillante, porque eso es lo que sería comprensible: “llegan noticias / —malas— / da igual, / —estoy sola—”. Y en este punto, habría que reconocer el poderoso dominio del lenguaje en estos versos, su rotundidad para establecer los términos de lo que expresa, nos convence de que, como las voces de este relato, todos estamos muy solos, solos de formas elevadas para comunicar belleza y solos de comprensión de nuestros cercanos instalados en la vanidad y la hipocresía, aunque no alcancemos en lo hondo de su soledad a las voces de la poeta, solas de madre y de amigos, de amor y de patria, solas de la más absoluta soledad.

El libro está atravesado por versos escritos en negritas, concretamente los primeros versos de los poemas, que vinculan de forma indirecta unos paisajes con otros, el ritmo conspira también en busca de esa relación que se va clarificando a medida que avanzamos en la lectura, y descubrimos que este no es un solo libro, sino uno y sus muchas proyecciones en los niveles de interiorización que consiga el lector. Hay un larguísimo poema velado en los versos escritos en negritas, que se difumina, aturde los sentidos con un golpeteo impetuoso, grave y también indiferente, esta “negra que habla en negritas” no está interesada en demostrar nada, menos aún en explicarlo. Vivimos en un mundo donde se espera que todo sea explicado —explicable—, y he ahí otro obstáculo que encontrará un lector acostumbrado a los libros ordenados, orgánicos, llanos, esta vez no verá ciertas cosas si no le hacen llorar, hay dolores que solo se pueden sentir (ver o explicar) mirando a través de las lágrimas: “… puedo llorar / frente a desconocidos / pero da igual si me conocen / una mujer llora / la bóveda celeste / recubierta del polvo / que ulula en los túneles”.

Por si sigue interesado en estas palabras que lanzo hacia los versos de Margarita García Alonso, insisto en que aun estoy colgando del techo, ya no me balanceo, nada va a salir de este capullo excepto palabras, confusas, que no sirven para explicar nada, porque nada en este libro está sujeto a explicación. Aquello que no puede ser explicado se resiste a dejarnos y mastica muchas lenguas para defender su derecho a ser en la vaguedad de nuestra limitación: Lo que no se puede explicar no es, no existe, van a gritar aquí los rígidos y los críticos —se puede ser ambos—, mientras Margarita y yo nos reímos como si estuviéramos locas.

Este sujeto que versa no se detiene más que en el detalle justo, en el punto álgido, en la cima de las cosas y las emociones, nos asegura que un mundo integro es una ilusión, el mundo es un cúmulo de fragmentos inexactos. Inconexos, que nuestra presunción y ansia de grandeza completan: “el pájaro / con el grano / en la oscura cavidad”. Yo no quisiera creerle, pero aquí en este espacio tiene una verdad tan grande que emula a la de Dios, asusta un mundo donde todo está a medias y debe ser completado por nosotros, por nuestro ego y ese pequeñito don de la creación, pero para eso existen los poetas, para salvarnos en ese dilema y asumir la culpa: “en el campo arrasado, / una y otra vez / limpio oraciones / de consolación”.

El verso corto redunda en una música interior monótona y cortante, en poder de toda la síntesis posible. La negra, en trance mediumnico, se desborda en lenguas desconocidas y hermosas, se presenta a sí misma como la dueña del tiempo: “cascarilla de arroz / blanquea mi cutis / mientras fumo / las delicadas páginas / de una biblia”. Formalmente, la negra y su irreverencia están en posición de saltarse todos los ritos a guardar, con naturalidad se fuma la historia de una larga etapa de la vida del hombre, una larga historia sobre la fe y el perdón, y entonces desgrana su propia liturgia, la convierte en ritual: “nunca me lamento / no sé de otros mundos” y “no pienso la arena / cuando entro al desierto”, nos da estos códigos sin pretensiones, para que cada quien haga con ellos lo que le venga en gana; se cuelgue del techo dentro un capullo, encienda cirios o se arrastre a las márgenes del rio San Juan. La liturgia del cuerpo también forma parte del trance de la negra, el sexo como consecución del placer, sin relación con filosofías e interpretaciones primigenias: “mi teta / madura / me convierte en fruta / cada verano” y “entre hombres / de cualquier raza / en el linde”, para concluir sin drama, nos deja dos máximas que pretenden no dejar margen alguno a la fragilidad: “quemar / donde se puede / alojar el alma” y “es todo, / casi digo amor”.

Hasta ese prescindir de la fragilidad nos conduce a una elegancia sin afectación, que no presume de nada, la luz del bajareque es su sombra cuando va de oriente a occidente, cuando en Europa se bebe juntas la primavera y la nostalgia: “la luz / del bajareque / poseída / por tendederas / oficia en la catedral / de trapos”. “devoro / la primavera / en Europa”. “la lluvia moja / con nostalgia / de Océano”. “dirán / por ella pasaban / los camellos de oriente / las dunas / todos los desiertos”. “dirán, / era / una / negra / instruida”. “ahora no sé / sostener mi nombre”.

Si toda esta primera parte del libro transcurre amparada en una cita de Pushkin: “Fue en su patria, bajo aquel cielo azul / ella, la marchita rosa / al fin murió.”, recoge los “Poemas de la vieja negra”, bajo una cita de Yeats: “Mas todo ha cambiado,… / arrastra al cisne un oscuro torrente…”, leemos con esperanza el “Discurso de la negra instruida”.

Margarita García Alonso me ha llevado consigo en su transformación, me ha involucrado con un sujeto lírico polifónico y libre, que habla en versos cortos, que no da nada gratuitamente y ahora muestra otra parte de sí, la negra vieja se ha convertido en la negra instruida y de pronto sus versos se alargan, se emblanquecen, hablan de Aristóteles, de vasectomías y mastectomías, de un puzle psicodélico, y yo sonrío —aunque todavía no bajo del capullo que cuelga del techo—, consigo asirme al último jirón de aquella mujer para entrar en esta: “…bajo ritmo perfectamente fluido, / oscurezco en la lucidez del fracaso / fuera de los hechos, / la lógica se rinde, / mitad hombre, mitad mujer / mitad negra, mitad blanca, / abrevio / al bajar ojos / sin disfraz, sin soberbia, / sobre el samurái / del Teatro japonés / que grita No, no, no / pies juntos / como si quisiera vaciarme / de entrañas…” . Y resulta fácil reconocer en esta segunda parte un ritmo más pausado, no más dócil, sino que ha encontrado su lugar a la mitad de todo y no reconoce la vergüenza como un sentimiento posible, solo se deja vencer en el cuerpo, porque ha colocado su alma en un sitio inaccesible: “…entonces cedo / siempre he cedido / el cuerpo a los cuchillos / cuando repito la palabra “dicha” / dicha la dicha / llego cuerda / al próximo discurso / discurso / discurso / discurso / discursos…”. El juego de palabras pasa directamente a la ironía, a la tristeza, a la soledad y al poder que conceden todas estas cosas a la negra instruida: “…no hay reino imposible / bajo el peso del cielo, / cuando sostengo / la nieve en mi mano / a fuerza / he llegado al rellano, / trato de traspasar la puerta, / cualquier puerta sin temblar…”. Pero a partir de aquí todo tiembla y se desgaja —por si no lo había dicho, ya he bajado del techo, de pronto el capullo maduró y se abrió tan rápido, me echo fuera y se consumió como un final—, la negra instruida trae a Joyce, Van Eyck, Sófocles y Po Li, dice dicha y tibores en el mismo poema, universidad y tufillo y se queda tan tranquila. De pronto regresa el código: los versos cortos, las letras en negritas, la síntesis, la negra vieja renacida de un montón de luz, una luz distinta: “la luz despluma / la cima de este infierno”, vuelven la soledad: “en cualquier momento / la luna se deshace en salitre” y ahora también la vejez: “…me extingo / en la droga del otoño, / bajo manzanos,…”.

Si alguien me imagina ahora acodada en mi escritorio, reclinada en el sillón con el libro delante de los ojos, de nuevo se equivoca, nadie se cuelga del techo y se encierra en un capullo para leer un libro y sale de esa metamorfosis siendo el mismo. “Cuaderno de la vieja negra”, de Margarita García Alonso, me ha dejado un nuevo aspecto interior, unos mundos y unas voces que agradezco profundamente.

[1] Ha publicado los libros: “Sustos de muchacha”, (Ediciones Vigía, 1988), “Cuaderno del Moro”, (Editora Letras Cubanas, 1990). En Editions Hoy no he visto el paraíso: “Maldicionario” (2009), “Mar de la Mancha”(2008), “L’aiguille dans la pomme”(2012), “La costurera de Malasaña” (2010), y “Cuaderno de la herborista”(2011); “Breviario de margaritas” (2012), “Cuaderno de la vieja negra”, y “Zupia” (2016). . Además, los relatos para niños: “Garganta”, y “Señorita No y señora sí” y las novelas: “Amarar”, (también publicada en Ediciones El barco ebrio, 2012.) y “La pasión de la reina era más grande que el cuadro”, 2012. En la categoría Arte: “Isla, el libro imposible”, “Cierta idea de la justicia”, así como el primer libro ilustrado sobre la obra de José Lezama Lima: “Lezamillos habitados”. En el 2013 ve la luz el poemario “El centeno que corta el aire”, editorial Betania, Madrid; y en edición bilingüe, (francés, español) “La aguja en la manzana”, en la Casa parisina L’ échappée belle édition.

José M. Fernández Pequeño: Hay una lengua única ahí. Hay una poeta única. Hay un corazón que punza cuando late. No sé absolutamente nada de poesía, pero sé que esa es mi poesía.

Por Maya Islas
Acabé de leerme este libro (Cuaderno de la vieja negra, de Margarita García Alonso, Editions Hoy no he visto el Paraíso, 2016) -de la Margo Reina. Está a la altura de nuestra poeta y artista visual, con la magia de las ideas, de las imágenes que envuelven. imágenes que nos llevan a nuestras propias conclusiones sobre el texto poético. Hay códigos escondidos, laberintos que se encuentran a través de las flechas. diferentes universos mentales y la misma mujer… su lectura es un regalo para crecer.

Necesitaba poder explorar este poema largo y largo que para mí se revuelve y se resuelve en sí mismo.
Mi gran fascinación al principio de mi lectura fue, que así leía, me encontraba con esos golpes de negro
que iniciaban en pocos espacios, las ideas. Me pareció que dentro de este experimento literario
había algo que descubrir, como el código de nuestro amado Leonardo.

Me atreví a atar tus propios cabos….todos tuyos: negro con negro.. era el color de la letra que me llamaba la atención. Abría caminos más lúcidos.

Si fue hecho a propósito de tu parte, digo, el juego de las palabras, nada tengo que decir.
Si no te diste cuenta de tu genio, aquí estoy yo con linterna. Solo te pido que unas todas las palabras en negro
y lee ese tu poema. Me pareció fabuloso.

COMO EL PEZ
EN EL BOSQUE
EN MI PECHO
HABLARON DE CASUALIDAD..
LA OSCURIDAD…

Encomio de la Imagen -Jorge Tamargo : Leído. Bárbaro, poeta, bárbaro. Deliciosa tu locura… A mí pocos me escuchan, pero como (quién sabe si precisamente por eso) procedo con absoluta libertad, declaro que eres una poeta de pies a cabeza. Delirante relato. Poesía, poesía… vieja loca, vieja negra, boca de lobo que tú paseas.

Por  Maria Cristina Fernández 
 Regresar del maremagnum donde me gano el pan haciendo pan o salteados de verduras y encontrar este palabreo suave, calado de palabras que me devuelven a un tiempo otro, viejo e impreciso como el « Cuaderno de la vieja negra » que me dice: « en un banco de niebla/ fumo invierno/ paso espíritu/ deshago el vendaje/ del mundo ruinoso/ y muestro condescendencia/ tenaz/ he esperado milagros,/ el milagro no llegó,/ no llega/ el milagro en mí:/ haré bien lo poco que me queda/ algo muy bello está a punto de ocurrir. »

 

Margarita García Alonso, poetessa, scrittrice, giornalista, artista visiva cubana, vive dal 1992 in Francia. Autrice di quattordici raccolte di poesia e di due romanzi. Traduzione: Diego Dal Medico, editor italiano a Venezia. Margarita García Alonso è una poetessa di luce che costruisce i testi in base all’impatto visivo delle parole. La sua opera interroga le cause originarie della provocazione, dell’intensità e della bellezza contemporanea: un valido motivo per leggere le poesie di Margarita, pubblicate per la prima volta in Italia.Ci auguriamo che con questo libro inizi la traduzione integrale del suo proficuo ed eccellente lavoro.
Margarita García Alonso è nata a Matanzas, Cuba. Dal 1992 vive in Normandia, Francia. Ha pubblicato le raccolte di versi: ‘Sustos de muchacha’, (Edizioni Vigía, 1988); ‘Cuaderno del Moro’, (Edizioni Letras Cubanas, 1990); ‘Maldicionario’, ‘Mar de la Mancha’, ‘La aguja en la manzana’, ‘La costurera de Malasaña’, ‘Cuaderno de la herborista’, ‘El centeno que corta el aire’, ‘Breviario de margaritas’, ‘Cuaderno de la vieja negra’ e ‘Zupia’, (Edizioni Hoy no he visto el paraíso); ‘El centeno que corta el aire”, (Edizioni Betania, 2013). Autrice di romanzi: ‘Amarar’, (2012) e ‘La pasión de la reina era más grande que el cuadro’ (2014). Ha illustrato il primo libro di José Lezama Lima: “Lezamillos habitados ». Ha anche scritto opere per i bambini: ‘Garganta’, ‘Señorita No y señora sí’. Ha ricevuto numerosi riconoscimenti in concorsi letterari e come pittrice. A Cuba è stata direttrice del settimanale culturale « Yurumi » ed editrice della Casa de las Americas. Ha fondato e diretto dal 2009 le Edizioni Hoy no he visto el paraíso.
Edizioni Saltilibro. Traduzione: Diego Dal Medico, editor italiano a Venezia.

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Sustos de muchacha, Margarita García Alonso, Editiciones Vigía, Matanzas, Cuba,1988.

Reeditado en el 2013, respetando el diseño de portada de mi compañero de vida, el poeta y pintor Fayad Jamis.

Sustos de muchacha

“Con ese algo trágico e inmaterial que hemos perdido en las ofensas del siglo”, con una respiración muy propia, este cuaderno, testigo de su tiempo, centelleante de nostalgia y coraje, irrumpe en la poesía cubana. Su discurso, a veces sobresaltado, siempre lúcido, nos agarra y conmueve como lo que aspira al infinito pero sin desasirse de la tierra. Carilda Oliver Labra.

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Cuaderno  del Moro, Margarita García Alonso, Letras cubanas, La Habana, Cuba,1990.

Durante veinte y cinco años no abrí el poemario “Cuaderno del Moro”. No leí, cité, hablé o compartí los poemas. Cuando fue publicado en el 1991 por la Editora Letras Cubanas, no revisé las pruebas de imprenta, no asistí a presentación alguna. Me contaron que fue un bravo finalista del premio nacional de la crítica. Desconozco si mereció artículos, o asombró a mis contemporáneos.  Estaba, como dijo la poetisa Marilyn Boves, “desaparecida en las brumas”, que  hoy traduzco por “en exilio”. A la Normandía me llegó un ejemplar, mi madre me lo acotejó en una carta, no lo toqué, olía a fin de época, a isla. Es un libro raro, la única palabra que se me ocurre, lo he corregido, he revisado los versos cortados al antojo de un estrecho formato, como si fuese un remiendo, o una pieza que recobra sentido, un nudillo en el hilo de mi vida que comparto en esta segunda edición, a cargo de Editions Hoy no he visto el paraíso. 

Dice la cubierta de la primera edición: Margarita García Alonso (Matanzas, 28 de enero de 1959). Poeta, periodista y narradora. Ha ganado premios y menciones en varios concursos nacionales, tiene publicados Sustos de muchacha (1988) y recientemente la Editorial Abril dará a conocer su poemario Morada y Para el gato viejo (novela para niños).

La vejez, el amor, la mentira, la soledad y la impotencia ante la inevitabilidad de la muerte son algunos de los temas abordados en Cuaderno del Moro. La autora nos ha permitido compartir sus vivencias más profundas haciendo gala de un manejo eficaz de los recursos poéticos y un amplio conocimiento de nuestra lengua, dotes que ha volcado en este revelador volumen que nos atrapa y conmueve desde las primeras líneas.

El papel literario,  La Habana, Cuba, 1991

De los libros que menciona: Morada y la novela Para el gato viejo, nunca he sabido nada, si fueron publicados, tuvieron éxito o cayeron en el olvido. Jamás he recibido un ejemplar. En cualquier momento me asombran.

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Poemas escritos en la Habana a fines de los ochenta y revisados frente al Mar de la Mancha en 1992. Algunos versos escapados a la inestabilidad de los primeros meses de exilio , suspendidos en el mar, sin  posibilidad de regreso o de arribar a tierra.

Mar de la ManchaMargarita García Alonso,  Editions Hoy no he visto el Paraíso, 2002

 Margarita G.A. Por Aristides Vega Chapú

A Margarita hace años no la veo más allá de esos rostros de mujeres que pinta como si fuesen retratos de ella misma. Como si estuviese frente a un espejo dispuesta a interpretar estados de ánimos tan diferentes que logra convencer a muchos de que se trata de mujeres distintas. Yo sé bien que es ella misma. De ahí que sean tan reales esos rostros tras los que ella se protege. Casi todos ingenuos o severos, alegres, retadores. Uno puede contar una historia de cada una de ellas. También yo puedo contar la de Margarita. Hace tantos años que pudieran ser más de veinte que no la veo. Por eso siempre que se habla de ella la imagen que conservo es la de esos años atrás. Como si no fuese posible existieran otras Margaritas al paso de tanto tiempo.

Ella podía haberse dado el lujo de no escribir poemas o de no pintar que uno siempre la asociaría a esos oficios que suelen marcar la diferencia, desprejuicios, agudeza. Margarita siempre fue una muchacha diferente. Tan diferente que no supo asumir la pose de la esposa de un escritor y pintor tan reconocido como Fayad Jamís. Por eso nunca nadie la nombro como la esposa, sino simplemente Margarita, con ese desenfado que ella imponía.

Su abuelo tejía cestas maravillosas y yo fui hasta su casa materna para comprar esas cestas en las que guardé muchas de las ilusiones de entonces. Era cerca del ECIL, en Matanzas y todavía a tantos años pudiera regresar a esa casa.

Siempre fue alegre y relajada, como alguno de esos rostros que ahora pinta y que de seguro ella se mantiene detrás de ellos, dándoles esa espontaneidad tan particular.

Alguna tarde me leyó poemas y otro día me mostró sus dibujos. No se creía ni poeta ni pintora, sencillamente sabía que era Margarita y eso le era suficiente. Una muchacha querida por todo el que entraba en relación con ella.Ahora veo sus mujeres, envueltas en una luz muy propia de esos seres reales que deslumbran, una luz muy parecida a la que entonces ella iba regando a su paso y me parece que la he vuelto a ver.

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Poemas y dibujos de Margarita García Alonso. En  el  azul intenso  de las aguas del  caribe, la niña que recorría la isla con paso ligero, inspira a  Maya Islas un concierto de esperanzas. Maravilloso libro  de  dos poetas que cantan a su tierra, “ella”, que adquiere dimensión humana. Saludable salida en Bubok de este proyecto hermoso.  LMPG.

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Maldicionario, Margarita García Alonso,  Editions Hoy no he visto el Paraíso, 2006

« El mundo no cierra todavía » (Jorge Tamargo) Poeta, arquitecto y diseñador cubano, residente en Valladolid, España, miércoles, 12 de noviembre de 2014

Bendito Maldicionario, por Jorge Tamargo

Leí recientemente la obra poética de Margarita García Alonso. Lo esencial de ella, quiero decir, en una compilación preparada por la propia autora con poemas seleccionados de nueve de sus libros. Sé que esta obra no me necesita como comentarista (ya se explica y justifica a la perfección por sí misma) pero debo comentarla para vosotros. Primero, y perdonad el abuso, porque lo necesito yo. Segundo, porque cualquier obra poética, incluso (especialmente) si llega a este altísimo nivel de calidad, precisa voceros militantes que ayuden a su difusión. Entonces froto la lámpara, y, con vuestro permiso, pito.

Llegué con tardanza a la poesía de Margarita. Apenas la había leído en algunas antologías, y antes de esta zambullida en su obra, sólo leí íntegramente “El centeno que corta el aire”, gracias a la gentileza de nuestro común amigo, el poeta y editor de Betania, Felipe Lázaro, que me lo envió con una entusiasta llamada de atención. Ya veis, leo y releo, también poesía, y todavía me permito el “lujo” de tales carencias… Bueno, llego tarde pero aquí estoy. Me abruman la obra y su extensión, así que en este primer pitido convocante me abstengo de entrar en toda ella para centrarme en uno de sus pliegues. Pude hacerlo en otros, pues todos tienen similar interés, pero escojo Maldicionario.

Si Margarita hubiera estado en casa de Agatón aquel día, a los postres de la célebre comida que tan brillantemente reprodujo para nosotros Platón, y en la que algunas de las principales cabezas de Grecia especulaban sobre Eros (es mucho suponer, claro, ella no hubiera sido invitada; para su suerte, pues un animal poético tan hembra nunca es proclive a la mayéutica masculina, pero supongámoslo); si hubiera estado allí, digo, y no en alguna Casa de Hetairas, espantando con todas las poéticas posibles el cáustico aburrimiento a que estaban condenadas las canónicas Nikés de Atenas; en el momento exacto en que Diótima, por boca de Sócrates dijo que Eros “es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es más bien duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos”; en ese mismo momento, estén seguros, Margarita habría esbozado una sonrisa cómplice y habría abandonado la sala para escribir Maldicionario. Pero si a pesar de su empeño hubiera sido retenida bajo cualquier pretexto por un Adonis pensante, llegado el momento en que Diótima (Sócrates/ Platón) dijo que Eros por encima de todo resulta un “impulso creador”, Margarita hubiera roto el dominó, y ya sin poder aguantarse, se habría encaminado a su libro exclamando: “toda ecuación del mundo está en el sexo”. Así de segura, y a la vez de femenina la imagino en aquel trance, porque de tales materias está construido su libro: Amor y erotismo (suponiendo que no sean uno, sino palo y astilla respectivamente) como base de un tremendo impulso creador.

Maldicionario es un poemario de amor donde, además, se ajustan cuentas con el pasado. Del pasado emerge un escepticismo amargo, pero Margarita no lo acepta mansamente. Su capacidad de amar y su inspirada locura le permiten pretender una redención que, aunque se ve postergada de continuo, jamás se da por imposible. Margarita cae y se levanta engallada una y otra vez. Siempre que es “violada por un hombre sin rostro” (qué terrible episodio) “navega su miedo” y rehace su himen poético para seguir adelante. “Yo menstruaba por el ojo de la desolación”, dice la poeta. “Aans te «vaginaré» demencias”, se rehace lúcida y esperanzada, con una confianza en sí misma que paraliza, que nos contagia y abduce porque está cargada de verdad poética.

No hay en este libro un solo verso falto de poesía. Su nivel es altísimo y homogéneo. Margarita, que se me antoja una síntesis perfecta (aunque isleña) de la Pizarnik y la mejor Andreu (Blanca), maneja un verso ambicioso y canalla a la vez. Pero su ambición es siempre femenina, tiene la gravedad justa, y su decir canallezco nunca es académico. Sí, cuántos supuestos antipoetas, que vendieron y venden bisutería a fotutazo limpio, se acartonaron, se hicieron catedráticos escondiendo su flojera tras un colegueo pueril, volátil y estéril… En Margarita, sin embargo, todo es verdad, o sea, mentira de la buena buena. Su verso, aunque sagaz y nada encopetado, tiene tal vuelo poético, que nos engancha estemos donde estemos, seamos quienes seamos, para catapultarnos después a su personal universo. Pues, aunque “el sol se [haya ido] a putear al fondo de las nubes/ después de hacerse nulo en los acantilados”, “es triste renunciar a un putillo, si es Madrid y enero”. Putillo el sol que se olvida de los caribeños cuando no a-islan, y putillos de la mejor estirpe los versos de Margarita; para todos los Madriles, para todos los eneros. Putillos que te placen sin saciarte, que te sacuden las entendederas y te penetran las tripas.

No hay nada solemnemente resuelto en esta poesía. Nada está cerrado a cal y canto. Cero sentencias. La imagen abre en ella sin cesar. Cuando creemos estar llegando a un oasis para remolonear un poco, Margarita nos aguijonea, nos desampara de nuevo para que sigamos buscando. “Encuentro el horizonte terno”, nos dice. Y vuelven a caer sobre nosotros todas las preguntas, vírgenes y libidinosas: fértiles. Otra vez a bregar, a esperar la santa penetración, venga de donde venga, porque “da igual el santo que te penetre si trae yerba”. Todo vale, incluso la marihuana, la cocaína, si cohabita el espacio donde señorea la Gran Jerarca (su poesía), si se pliega a ella para encantarnos.

Hembrísima esta autora. Con una fuerza endiablada. Pura verdad poética. Ya quisieran muchos biendecir como maldice ella… Ahora, bueno, tocaría ponerme serio y señalar algunas tonterías formales, algunos despistes irrelevantes. ¿Qué libro no los tiene? Pero callo porque debo hacerlo, porque la poesía cuando tiene esta dimensión áurea ha de celebrarse por encima de todo. Así que escucho el acusmata pitagórico y con él repito: “No interrumpas a una mujer cuando danza para darle un consejo”.

Maldicionario, recuerden, de Margarita García Alonso.

VER: ENSAYO Apología de Margarita García Alonso, del sevillano Javier  Guzmán Simón.

La llaman impúdica porque a cada verso se desnuda y se humilla hasta el pudor ajeno, ¿pero desde cuándo la vida o el amor ha sido algo limpio, que no manchara?, la vida es impura, impúdica e indecorosa. Maldicionario, es más bien el diario de aquella que se siente maldita, una mujer que ‘Nunca había gustado la frutilla que crece en los barrancos, antes de ver sus ojos’

“Sedición e indisciplina Aans./En Grecia y Roma al cruzar las aceras me ataban  tablillas de plomo estaba marcada al rojo ceniza de la tarde. Frente al mar Egeo, me convertía  en Areteo, maldiciendo cualquier  ruina. Tu lo recuerdas,  lo dije bajito  cuando te asesiné”

 ¿No oyen en estos versos la universalidad de lo humano? Para los de cultura ignota avisaré que las tablillas de plomo se usaban en Roma para los conjuros y las maldiciones. Es la maldición de la fragilidad humana, fragilidad que sucumbe a cualquier mal, pues no tiene un lugar propio en el universo, ha de hacérselo; y Marga, como tantos otros, lo creó en torno a otras fragilidades como es amar al que del mismo barro ha sido hecho.

« Ilustrísimo Presidente D. Miguel de Cervantes e ilustrísimas señorías, próceres de esta República de las Letras: hablo en nombre de Margarita García Alonso, para muchos de nosotros simplemente la Marga. Ya han escuchado el alegato conjunto de los que demandan la expulsión de Marga de esta única nación verdaderamente libre y verdaderamente justa. Y puesto que confío en las conciencias y honestidad de sus señorías, me dirijo a su absoluto sentido de la piedad, porque este alegato, esta envidia para con Marga se debe a la iniquidad y a la impiedad. Sí señorías no se me revolucionen, pues en silencio escuché su alegato. Como decía, la iniquidad y la impiedad de los ‘pagados de sí mismos’, de ‘los constructores del verso puro’, de ‘los mojigatos ganadores de rentas y premios de poesía’, de ‘puristas y decentes poetas’ ».-asi comienza Guzmán Simón su alegato en defensa del poemario Maldicionario, de  Margarita García Alonso, en venta en Bubok, bajo el sello de las Editions Hoy no he visto el paraíso

Javier  Guzmán Simón

La costurera de Malasaña Margarita García Alonso,  Editions Hoy no he visto el Paraíso,2009

portada la costurera

He de tomar consejo de todos, la fibra rota, el paño ligero para confeccionar el lienzo que me arropará la eternidad. La costurera de Malasaña

…Si alguien me quiere conocer

no necesita nada,

escribo, recorto hechos,

zurzo palabras

de esta desgarradora era

que me toca vivir.

Soy la costurera de Malasaña

-no me mató el soldado,

la bala, la Francia, el enemigo-

Me ahorca el hilo,

la manipulación de la madeja

aunque corte el paño

desarmé el tejido

siempre queda este cuadernillo

oxidándome el alma.

Margarita García Alonso (Matanzas, Cuba)

Ya que no he podido entender a los Hombres,

recorto y coso pero no me sale un humano,

me dedico a las plantas.

La herborista.

Por  Joaquín Badajoz

Cuaderno de la Herborista”  y “La Costurera de Malasaña” son caóticos libros de labores, un diario del diario, que sería algo así como un hipertexto, asomarse al mundo a través de un laberíntico queso gruyere: con una cara a La Mancha y la otra a Normandía. La costurera y la herborista intercambian oficios poéticos, son dos caras de una misma moneda; son los temas, los ambientes, los que varían, pero la furia es la misma. Donde la costurera escribe: “He de tomar consejo de todos, la fibra rota, el paño ligero para confeccionar el lienzo que me arropará la eternidad”, la herborista sacude la cabeza nihilista, se niega a hacer concesiones, responde: “Ya que no he podido entender a los hombres, recorto y coso pero no me sale un humano, me dedico a las plantas”. Aunque no hay que confundirse, no se trata de seres diferentes, ambas tejerán versos con la misma ironía, la irreverencia femenina que suele ser más transgresora y asexuada que la de muchos hombres cuando se tiene un temperamento volcánico y el demonio súcubo se deja habitar por varones. Persiste en ambas una obsesión por el paso del tiempo, “la vejez como enigma”, llegada de súbito: ¿Qué hice para envejecer/ sin conocer respiros? Cada amanecer me arranqué la piel,/ maduré mi muerte, rompí con martillos/ la extraña jaula, corté las lianas y ahora/ no me pertenece este rostro/ que refleja el espejo.”, dice en Fin de los bellos días, de Cuaderno de la Herborista (pág. 26). Pero dónde mejor se nota es en sus poemas estacionales, que alternan entre ambos libros: dedicados a los meses, la primavera, el otoño, la liturgia de las horas. El tiempo pasa “en un pueblo triste que se escurre/ en el extremo”. También la solitud, pero una soledad rebelde, de tonada y danza, revuela en sus páginas. Los hombres pasan “amante de una noche cálida” (pág. 26), “adolescente de lengua de látigo” (pág. 49), recios e idénticos —como troncos desalmados por la tala: “Los mancebos mostraban ramas/ de una dureza que modelaba/ el horizonte del árbol” (pág. 36), escribe en Lo bueno de comer manzanas. Pasan los hombres y también los desengaños que sofoca impúdica la herborista: “cerradas las piernas emito fuegos/ desde que pinto a un hombre,/ aunque nunca falte el dildo,/ el tildo y hasta el falo japonés/ en su caja decorada con un samurai” (pág. 9, Abejones entretenidos) y la costurera zurce desconsolada: “En una habitación llena de objetos,/ —una silla vieja como mesa de noche/ un flexo torcido—/ aunque no tengo el don de la conversación/ he escuchado muchísimas cosas./ Con ligereza de carrusel tocado/ por la indiferencia de los Hombres/ me asombra la cantidad de amigos/ prematuramente muertos/ de hambre y cosas peores” (pág. 8, Desconsuelo de la costurera) La decepción de sus sujetos líricos, esas laboriosas y cáusticas mujeres —de tijera y hacha, de herbario y cajón de sastre—, trasciende el género. No es simple misandria, ese rechazo al hombre en minúsculas que sienten la mujeres despechadas, sino más bien misantropía, desencanto existencialista, espanto. Ante la falsedad del mundo, la costurera y la herborista se refugian en mundos inanimados, producen sus propias escenografías, insisten en sus faenas. Y esas manualidades encienden un espíritu taumatúrgico, curan la fiebre, regresan como memoria replicada, de una manera tan intensa que  la dictadura de cronos, el dolor y la soledad no acaban de borrar una sutil seducción, un encanto infantil, lleno de erotismo y rebeldía. La costurera y la herborista (y viceversa) se alimentan como Tamerlán, el gato de personal del Conde Cagliostro, de buena literatura; filosofando, más que asistiendo a los debates; luego zurcen y siembran, recortan y podan. Uno de los poemas que más me gusta de La Costurera de Malasaña —que dicho sea de paso, es un feliz título: la madrileña Malasaña encierra furia etimológica, un trágico bautizo y una conexión macabra entre Francia y España

PORTADA

Breviario de margaritas, Margarita García Alonso,  Editions Hoy no he visto el Paraíso, 2013

« Breviario de margaritas, es el libro litúrgico de García Alonso, su confesionario. En él vuelca el conjunto de obligaciones y deberes que ha sobrellevado a través de su sacerdocio íntimo. Como todo breviario, expone y comparte, desde su mundo interior, y logra que el lector no pase de largo. »  POR Ena LaPitu Columbié , en el Exageta.

El poemario Breviario de margaritas (Editions Hoy no he visto el paraíso, 2013) de Margarita García Alonso, me ha llamado particularmente la atención, ya que hay un aparente interés de la autora por desechar, —o por lo menos disminuir, la utilización de los colores como símbolos cromáticos indicadores de emociones, y situaciones, que han sido utilizados frecuentemente en otros poemarios anteriores. Luego de la lectura encontré la trampa. Como artista de formación multigenérica, Margarita sustituye los colores por imágenes plásticas, que muestran la materia real, el objeto en sí, en un tipo de situación que genera un retrato completo, e imprime colorido a la frase: hierro caliente, carne descompuesta, utensilios oxidados, flores secas, hotel barato, poema manchado, sangre corrompida, cuerpo caliente, manos sucias, cuerpo estrujado, bellotas podridas, yerbas secas, algodón húmedo…Estas imágenes y otras un tanto más abstractas: turbulencias poéticas, breviario cabalístico, semillas pálidas, lujo intransferible… convierten el libro en un corto que narra el sentimiento que la prende; un manojo de poemas, que ensartados cinematográficamente, funcionan como escenas de una hecatombe interior.

He fallado:

quise retenerme adolescente,

quise que mi hija fuese siempre niña,

pero usé el santo que no conviene,

jugué el número que no tocaba,

usé la bárbara costumbre nórdica

de la sal sal gruesa en la acera,

sal en la puerta para espantar la nieve,

el mal ojo, la escasez, la fatalidad…

La poesía de Margarita García Alonso se determina por la fortaleza y los recuerdos. Con un discurso íntimo, como si contara la historia de su debacle —pasado y reciente, relata tal si fuera un cuento de ciencia ficción: Tan lejos como un agujero negro/ serpenteo el infinito golpeada / por desperdicios terrenales; y también: A quién importa/ si su santo cuerpo/ ha desaparecido/ de las rutas astrales.

Esta es también poesía de la carencia. Falta mucho para la conformidad de Alonso, ella ya ha visitado el planeta, consciente e inconscientemente, lo ha vivido, y por eso grita que está: sin tiempo, sin fuego, sin que el gris [le] abandone, sin verde, sin rocío, sin salida, sin rostro, sin que el alma sepa, sin sentido, sin sombra y en silencio. Su tono coloquial, acrecienta la cercanía a esas carencias íntimas.

Si le beso, todos los ruidos

dejarán de existir,

y le beso sobre el lienzo difunto de los pretéritos.

Como si fuera conciente de todas esas faltas que la acosan, Margarita desde su enajenación, recuerda también todo lo dado por obligación y por amor:

                                                                    cuidar hermanos,

cuidar a ancianos,

cuidar a enfermos,

cuidar de los castigados,

cuidar la limpieza,

cuidar la bata,

cuidar los zapatos,

cuidar de escupir,

cuidar el himen,

cuidar cuidar cuidar

Es tanta la desazón por lo desposeído y lo regalado, que decide por último, en un acertado final, gritar su angustia formal y solemnemente, esperando el contacto redentor que conduce a la calidez y la mejora.

                                                          estoy parada a contra viento

para que lleguen a tocarme

Breviario de margaritas, es el libro litúrgico de García Alonso, su confesionario. En él vuelca el conjunto de obligaciones y deberes que ha sobrellevado a través de su sacerdocio íntimo. Como todo breviario, expone y comparte, desde su mundo interior, y logra que el lector no pase de largo.

Escribir sobre Breviario, no se me daba. Como suelo escribir mejor desde el lector, confieso me dio cierta desazón de que la vejez ya estaba dándome duro en el espinazo. Entonces lo entendí todo. La poesía que desmadra de esta mujer (que además no esta loca de remate y por contradicción es la mejor parte de ella para descubrirla). Resulta que sí, a veces se escribe contra uno mismo, contra los demonios que nos hacen sangrar y porque los ovarios puestos en su justo sitio, con dignidad, digo, hacen que hablar por los codos no sea un defecto, a lo sumo, es un acto a contracorriente de cualquier cobardía.

Muchos escritores con razones de peso y leyes de lo que suponemos es poesía, defienden que no debemos ponernos a contar. Lo cierto que hace mucho me vale un tarro y mil, y parece que a la autora le ocurre parecido, ella cuenta. Su narración no es un hilo, son cortes, tampoco, desde el yo ramplón, todo lo suelta sin ingenuidad ni falso criterio, cuando se vive a quemarropa de un disparo, se enviuda, el amor nos calienta, a cada rato explota, incluso, se reconquista aquello que parecía frustrado, y hasta el gato de la casa da sus contiendas por un alimento de calidad, no existe metáfora ni falta de juicio, ni dualidad de ser dos, al revés, la poeta es múltiples partes de la mujer que es, y a cada cosa le da su espacio, igual que nos intimida como lectores para entenderla. No lo hace como una amenaza, es la reflexión del espejo, de esa imagen nítida que deberíamos tener a mano.

Ya la neblina aquella cuando pastábamos en el potrero nacional, ha pasado, y Margarita no se anda por las ramas, nos da ese hachazo de cuaje, uno necesita dejar de rodar, poner cable a tierra y de eso se trata. Pero si cree que el arte del elogio es incorrecto, quizás no me crea, no necesitas creer realmente en nada, debes tocarlo. Ve y advierte dar un clip y encontrarte ante la poesía del último libro de Margó, Reina de Groenlandia, le ánimo, a que entre, lo único que necesita es llevarse a ud mismo, es decir, no pretenda buscar al otro, la mujer que escarba en sus viseras, tiene un objetivo muy preciso, no hay otra forma de vivir que no sea desde una realidad a la que se penetre desde el sudor y la lágrima, porque desde que le dijeron que se callara y no lo hizo, es:

Una mujer común,

con una camisola de hospicio

rasgada, amarillenta,

sin identificación.

que te confiesa

llamarse Margarita.

Por el poeta ARISTIDES VEGA CHAPU

Querida Margarita: Tu poesía tiene la fragilidad de una hebra de hilo y la certeza con la que va cavando una tela para con su rastro dejar un dibujo. Tan reales son tus testimonios que no hay manera de no compartirlos, comprometerse. Con toda esa sabia manera de mirar de un poeta llevas la vista a esas zonas no visibles o no tan visibles, para desde esos extremos vedados para muchos relatarnos un mundo de apegos y de cotidianidad. Quizás por eso haces trascender lo simple, lo cotidiano y suena a nuevo cuanto repites.

 Como cualquier lector hay poemas que me gustaron más que otros, pero en su conjunto me ha dado mucho placer adentrarme una poesía que no lleva más adornos que los necesarios, que no dice más de lo que se necesita decir y que uno escucha como advertencias que por su sabiduría no tiene posibilidad de poner en duda. Gracias nuevamente por confiarme tus versos que tanto como tus dibujos tienen solo los colores necesarios para permanecer. Todo mi cariño, Aristides.

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FELIPE LAZARO, DIRECTOR DE BETANIA, primera EDICION, 2013. Este libro de poesía, que representa la octava obra lírica de esta autora, reúne unos cuarenta poemas que certifican la plena madurez poética y el buen quehacer lírico de García Alonso en estos versos repletos de vida. Versos, a veces duros, que denotan una intensidad vivencial que se plasma en todo el poemario.

Con este nuevo aporte, Margarita García Alonso destaca como una de las mejores voces de la poesía cubana actual, a lo que se suma su ya extensa trayectoria literaria y una excelente labor como promotora cultural, además de su incansable trabajo como editora al frente de su editorial francesa Hoy no he visto el paraíso, con sus bellas ediciones, y su no menos importante obra plástica, que la convierte, a todas luces, en una figura relevante del mundo intelectual y artístico hispano del momento.

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Margarita García Alonso. Poeta y periodista cubana, es, además, una excelente editora y una artista visual reconocida. Se licenció en Periodismo en la Universidad de La Habana. En Cuba, fue directora del semanario cultural Yurumí y editora de Casa de las Américas, y publicó los poemarios Sustos de muchacha (1988) y Cuaderno del Moro (1991).

Desde 1992 reside en Francia, donde terminó un Máster en Industrias Gráficas y publicó otros libros de poesía, como: Maldicionario, Mar de la Mancha, L’aiguille dans la pomme, La costurera de Malasaña, Cuaderno de la herborista ; así como el primer libro ilustrado sobre José Lezama Lima: Lezamillos habitados. También es autora de las novelas para niños Garganta y Señorita no y Señora sí y de las novelas Amarar y La pasión de la reina era más grande que el cuadro (2012).

En el país galo, fundó la editorial Hoy no he visto el paraíso donde ha publicado a poetas cubanos, como: Maya Isla, David Lago González, Alberto Lauro, Sonia Díaz Corrales, Odette Alonso y Juan Carlos Recio, entre otros.

El color en El centeno que corta el aire, nuevo libro de Margarita García Alonso

ENA COLUMBIÉ

ESPECIAL/EL NUEVO HERALD

La utilización de los símbolos de color para expresar situaciones vino con el homo sapiens. Algunos artistas y escritores los utilizan como herramienta, pero la realidad es que desde el Modernismo hacia acá, su uso se ha marcado más en lo expresivo que en lo contemplativo. El carácter simbolista del color en la poética de Margarita García Alonso, es un aspecto ineludible en su nuevo libro, El centeno que corta el aire (Betania 2013)

La poeta que sobre todo es artista, conoce de la dualidad fenoménica físico-fisiológica del color. Ella está al tanto de las características peculiares del mundo artístico y literario, y en la trasformación del color en símbolo y enunciado. Por eso los explota:

                                                    Nadie a mí alrededor canta palabras

                                                   de mi lengua natal, nadie sacude

                                                    toallas desde el balcón solo veo una

                                                    alfombra que se deshace

                                                    en el hilillo de nieve, la traza de un pie

                                                    que hunde el blanco.

                                                                     (SONIDISTA DEL ALBA, p.12)

El símbolo cromático blanco es utilizado como suelo, nieve y también vacío, y como lamento por la soledad; sentimiento de lo vano idealizado por los pasos. En ese mismo poema, encontramos también manifestarse las tendencias al orfismo, con la que muchos pintores se proponen dar a los colores un poder evocativo.

Se sabe que el rojo es el más caliente de los colores de la gama cromática, García Alonso usa el recurso agua para lograr un contraste con el símbolo cromático rojo y suavizar su significación llevándolo a cálido.

Quiero oír el corazón de mi madre,

el latido que fustigaba aguas rojizas,

la palpitación que me irrigaba.

                                       (SONIDISTA DEL ALBA, p.13)

Así vemos en el poemario el uso del ontocolorismo, teoría explicada en 1882 por el filósofo francés Lucien Renout, y que define como el arte capaz de develar el mundo visible del ser por medio de las impresiones cromáticas. Impresiones no sólo descubiertas por el color, sino también por otros símbolos por abstracción: sangre (rojo), trigo (amarillo), luna (oscuridad).

Nada iguala la sangre que

convierte el trigo en textura de

museo. Son tantos pigmentos

rojos alterados, sobre cráteres

dispersos semejantes a la luna.

Entre la cabeza y el tallo pie,

lo que fue un vago suvenir

de hombre sin oreja.

                                          (BAJO EL CIELO DE AUVERS-SUR-OISE, p. 43)

Es un homenaje a Van Gogh Nos dice la artista-poeta en carta a partir de un peregrinaje que hice a Auvers -sur Oise donde se suicidó, queda a una hora y media de casa y aunque ya había estado en varias ocasiones, en esta fui sola, a comerme los trigales y pensar en el pelirrojo, quizás, por esa cercanía es que se me embarro, salpicaron los colores al poemario. (…)  es la tela cromática del alma de este hombre, cuando te acercas mucho, pues  mancha cualquier verso. Y mancha en el sentido de marca buena.

Sabemos también, que el color incide en los sentimientos, y la consecuencia emocional obedece al sujeto sobre el cual se evalúa un color, y al propio color en sí; por eso cada creador posee una estética propia para su manejo y logro de efectos. Como una tabla personal de valoraciones. En El centeno que corta el aire, el negro impera identificando la tragedia, lo oscuro y la melancolía…

Tose la negrura, las infinitas capas

de hollín que denuncian tráficos en

el mercado cuando fuma a

  escondidas cigarrillos negros.

                                             (LA AGUJA EN EL PAJAR, p.15)

En esa estrofa vemos como el símbolo cromático negro, se refuerza más con negrura, y con hollín, de manera que se acentúa la escena. Lo mismo sucede con la que aparece a continuación que aunque pertenece a un poema diferente (en su individualidad y por obvias razones) parece consecuencia de aquel

El respiro fatal, el líquido, el

estruendoso mar que desespera el

negro pulmón que se deshace en

violetas pequeñísimas, me tiñe

de azul.

                                               (PESCADOR, p.24)

En el poemario hay muchos otros ejemplos del símbolo cromático negro, y otros diferentes símbolos que lo aluden, como en el caso de noche: la noche en la noche sin techo, ciega en la noche, mala noche, anochecer…

Este es un libro en el que el lector podrá encontrar una obra llena de colorido, aunque no por ello quiero decir que cada poema es una pintura, ni mucho menos alegre. Hay en él un abanico de meditaciones; interesante material para el estudio de la palabra y su color.

Margarita García Alonso es artista visual y poeta, Licenciada en periodismo de la Universidad de la Habana y Máster en Industrias gráficas en Francia. Ha publicado varios libros y obtenido numerosos premios como pintora. Laureada en la Taberna de poetas franceses, y publicada por “Yvelinesédition”, en Marzo 2006. Creadora de EdicionesHoy no he visto el paraíso. Reside desde 1992 en Francia.

Quien está dispuesta a cortar el aire

Por Arístides Vega Chapú

Desde su título El centeno que corta el aire, de Margarita García Alonso (Matanzas, Cuba, 1959) publicado por la Editorial Betania en su colección de Poesía, su autora nos advierte, desde el más estricto sentido lírico, que está dispuesta a develarnos todo lo que pueda quedar fuera de la visualidad  de un ojo poco atento, poco entrenado.

Con los más variados y diversos elementos que ella primero avizora y selecciona para luego ubicar en esa planicie sobre la que arma y desarma paisajes constantemente, esta poesía se va componiendo más que nada por la indagación de alguien que le interesa calar o cavar, llegar al fondo o al centro de todo. Y ese todo aquí está personificado por el Hombre, o más bien por todo lo que guarda y resiste su interior, es decir por la raíz de todo comportamiento. Traspasar cualquier atmósfera, cortar el aire, hasta llegar al otro lado, donde ella sitúa sus historias, dispuestas a descomponerlas hasta llegar a su verdad.

Sin importarle oficios, que son más bien puntos de partida para muchas de esas historia  de vida que les va creando a sus disímiles personajes; hombres y mujeres aparecen en busca de sus propios caminos, con sus lamentos o alegrías a cuesta. Ellos, como la vida real testificada en estos versos se adentran por trillos o avenidas del mundo para luego exponernos ese itinerario, casi siempre afectivo,  sin descuidar el más mínimo detalle.

Viajan constantemente de un sitio a otro, para luego dejar constancia con asombroso dominio sobre esas sutilezas o nimiedades que hacen diferentes la vida de uno y de otros. Las experiencias todas, aún las más personales o complejas, expuestas en una poesía sencilla pero calzada por una emotividad que busca, y en mí opinión logra, cjava-scriptrnos.

Margarita como cualquier otro poeta fabula constantemente. Mezcla con osadía realidad con ficción, junta períodos históricos, geografías lejanas.  Pero en su caso son los sentimientos de sus protagonistas los que dibujan rostros y sombras, paisajes y estados anímicos. Un mundo expuesto desde el interior de quienes aparecen en este poemario para desde la diversidad de sus voces contar singularidades. Es aquí el atractivo mayor de encontrárnoslos y dialogar con ellos. Pueden en un principio, en ese contacto primero y superficial,  dar la apariencia de personas comunes y simples, pero traen sobre sí un pasado y presente que conmueve y moviliza.

Obviamente que la poetisa logra sus versos con una visualidad propia de su otro oficio, el de artista plástica, como mismo sus pinturas tienen una poética muy particular. Y es que Margarita expresa desde la sinceridad que le exige su vocación de testificadora de los más disímiles y variados estados anímicos de los seres humanos esa relación de uno con uno mismo. Esa conversación íntima que solemos sostener para preguntarnos y respondernos todas las dudas que desde el misterio de una vida ejercida con plenitud, nos convierte en permanentes indagadores de cuanto sucede a nuestro alrededor. Y ese alrededor no tiene en esta poética límites geográficos. Cualquier ciudad del mundo, cualquier porción de tierra está alcance del persistente andar de estos personajes, ciudadanos todos del mundo: Pregunto, si debo abandonar bandera/si es tarde para capitular/ si debo alinearme/ como una nube rosada del anochecer. / Si es necesario llegar completamente muerta al final. (página 68).

Aún cuando algunos de los poemas juntados en este libro tienen como base, o digámoslo más sencillo; la inspiración en una cotidianidad común para muchos, lo que pudiéramos llamar poemas domésticos, de una cuerda afectiva y sensible de la que cualquiera puede sujetarse, Margarita logra contar sus historias, incluso las referidas a lo común de las cosas, de una manera tan particular que es como si le asistiera la intención de relatarlas de una manera nueva, de otra forma, desde otra visión, es decir desde la trascendencia. Si así se lo hubiese propuesto lo logra y es para mí lo más disfrutable de este poemario: Yo, la parásita,/ me alimento de letras,/en correos de un amarillo triste/ como todo lo que llega de esa isla de veranos.(página 59).

Ya lo había advertido la poetisa Carilda Oliver Labra presentando el primer poemario de Margarita García Alonso, en el ya lejano año ochenta ocho, del siglo pasado: Su discurso, a veces sobresaltado, siempre lúcido, nos agarra y conmueve como el que aspira al infinito . Solo que ahora,  al paso de los años,  le asisten otras amarras por las que llegó a ese infinito desde entonces avizorado.

portada el centenobetania

Amarar en el puerto donde nacen y mueren los manuscritos del encierro . Amarar junto a seres que han encontrado protección y consuelo en un muchacho clandestino, un ángel contemporáneo que decide bordear las costas de Europa y desamarrar en los puertos a quienes intentan llegar más lejos que su supuesta destinée. La novela de la errancia interior.

Por Mabel Cuesta- EN lA BICICLETA ROJA 

Amarar/Desamarrar en Porto Matanzas

Es una novela que bien podría comenzar de este modo:

Las paredes del salón del té se desintegran. Las litografías de Matanzas, a principios de siglo XX, se agrietan con la humedad. Los muros expulsan el cemento, mientras las arcadas resisten, a duras penas, a las filtraciones del techo. La antigua cochera recibe una clientela fiel en la conspiración de versos y viajes. (García Alonso 233)

Y es que Amarar/Desamarrar (El Barco Ebrio, 2012)* de Margarita García Alonso, es un homenaje a Matanzas, los viajes y los versos. O al menos así se aposenta en la lectura, en las estructuras que teje, en los laberintos a los que invita.

Matanzas

La ciudad trazada a partir de 1693 en torno a la bahía de bolsa en donde una vez murieran  algunas decenas de españoles en manos de nativos y que en el siglo XIX deviniera primera exportadora de azúcar en el mundo (sangre, dolor y manos negras al servicio de esta última conquista) encuentra aquí un iluminado homenaje desde el siglo XXI. Aunque el escenario que la novela recrea no es otro que el del florecimiento,  decadencia y caída de la Revolución (desde 1959 hasta aproximadamente 1992); el peso de la historia colonial matancera nos se hace esperar. Todo se reifica en sus leyendas, sus míticos personajes enloquecidos y allí muertos, en el aura majestuosa de sus puentes, ríos y claro está en su “valeriano” mar (La mer, la mer, toujours recommencée).

Una vez que se ha dado vuelta a la última página de la historia, siento el lector la absoluta certeza de que a pesar de los desplazamientos a los que son sometidos por fuerza o voluntad propia los personajes, no habría otro posible escenario mayor para ellos que el de esa ciudad de nombre cruel. Queda entendido al fin ese peligroso, impresionista axioma de Vitier cuando en Lo cubano en la poesía asegura que: “la matanceridad es la luz tamizada entre irónica y nostálgica en el paisaje”.

Viajes


Signado como ha estado el sujeto cubano desde que pensó a pensarse como tal por el exilio, las diásporas y migraciones, no resulta ajeno o novedoso que Amarar… sea también una novela de viajes, desplazamientos, dislocaciones. Su protagonista Fernando Tamiz es iniciado en esta prácticas por sus padres desde sus propios orígenes. Su desembarque en la ciudad de Matanzas parece una estación natural que se convierte en el ojo desde el que la ciudad se va construyendo lenta, dormida, delirante, imposible y vívida. Tamiz-poeta-navegante-pintor es trayectoria en sí mismo. Viaja desde los viejos continentes hasta México, de ahí a la ciudad cubana y en ella hacia los paraísos ignotos que habitó José Jacinto Milanés para poder partir hacia La Habana y la muerte.
 La co-protagonista Marina (otro nombre parece imposible) matancera por carta natal, emprende junto a Tamiz algunos viajes y lo lleva dentro y de regreso hacia esas viejas ciudades Europeas en donde también la signan el delirio y una soledad que se fractura en la última línea de la obra.  Sólo así parece tener sentido el largo viaje de Tamiz. Su asimilación al cuerpo de Marina Maud es su única certeza de conquistar esos ciclos de retorno que Nietzche nos contara.

Versos


La poesía finalmente entremezcla las dos estancias anteriores. Poetas y pintores (entendamos la imagen como un verso más y también al revés) invaden estas páginas en las que sólo Matanzas puede ser telón de fondo. La enorme banda de soñadores que García Alonso nos retrata (enloquecidos o no) tienen el don de la versificación orgánica, el surrealismo inmediato, la posible naturalidad de vivir en clave poética -si se me permitiera hacer uso del anacronismo. Como antes insinuaba, casi tres siglos de historia local facilitan en la novela la formación de sus protagonistas. Bildungsroman y crónica de viaje se juntan en la epopeya lírica (revival de Homero) que sirve como marco de referencia a las vidas de Tamiz y Maud. Homenaje también a grandes hombres y mujeres de esa ciudad con brumas. Referencias que cualquier mínimo conocedor de literatura cubana sabrá apreciar.

 Por Matanzas, puerto y hogar de viajeros en estos casi trescientos veinte años de fundación, azúcar, glorias, neblinas y fantasmas. Por los poetas que Tamiz y Maud cargan consigo en esta historia, por el tiempo ido y una esperanza de futuro a la que aún nos aferramos, doy las gracias a Margarita García Alonso por la entrega y pongo una flor junto a la estatua de José Jacinto, pidiendo que pueda reconocerme aún entre los vivos*

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.Por Hector García Quintana:Érase una vez un tiempo sin esperanzas. Un lugar donde sólo la poesía abría caminos en el monte. Un territorio donde el futuro es el perpetuo instante de un presente que no termina.

Dos vidas, Maud y Tamiz, que se encuentran más allá del tiempo, más allá de la geografía, más allá de la realidad o la fantasía, para compartir algo que se vive sólo en las grandes historias. Como dos mundos que colapsan como una fatalidad y se mantienen unidos por lazos que van más allá del simple azar.

Todos tenemos, como Maud y Tamiz, nuestros fantasmas, nuestros eternos conflictos que nos impiden soltar las libertades que nos hacen más felices; pero a la vez esos mismos fantasmas, bien sometidos, nos ayudan a vivir.

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Ares Marrero María Wowwwwwww…. No es primera, ni será última vez que lo lea….. No necesito poner en palabras qué es esto, mejor dicho, qué produce. Cada cual podrá sentirlo en su propia piel….. La vida tal cual, sin ambages, sin compromisos innecesarios… bebida hasta el fondo. Sólo me permito reproducir un fragmento de esos que encierra toda la savia. No diré, como siempre, GRACIAS Marga…… porque la cosa va más allá….. algo así como un MENOS MAL….. No sé en qué radica el misterio. Seguramente en que es AUTÈNTICO lo que dices. Es un golpe seco que, probablemente, muchos, la mayoría, no puede ni quiere soportar… Es difícil soportar los espejos que cantan en alta voz la verdad…. Aquí todo está dicho con todas las letras… Bueno, es lo que hay. DE MARGA copio y pego: « Ya no necesito dos gatos que me celen constantemente, o estar atada a la hora en que entra mi hija, ni engordar, ni bajar de peso, ni peinarme o mostrarme complaciente, puedo irme por ahí. Me cansé de todo. Merezco la luz de un ángel, no estoy pidiendo otro mortal, quiero que mi invento permanezca. » Sólo se me ocurre adicionar Marga… merecer la luz de un ángel es darse la luz de ese ángel… o quizás contemplar (por fin) también sin miedos, nuestra propia luz. Yo creo que eso debe bastarnos. No es que esté del todo segura… No. Para nada. Es sólo el principio……………………. Hay cosas por las que vale, de cuando en vez entrar a FB……. Te llegue otra vez mi abrazo constante.

Aquí os dejo este libro, vosotros quienes alguna vez vivisteis para que nunca más volváis.  Czeslaw Milosz

La pasión de la reina era más grande que el cuadro.

La pasión de la reina era más grande que el cuadro

By Teresa Dovalpage 

Una novela divertida y con sustancia, con imágenes nuevas y juegos de palabras que hacen que el lector estalle en una carcajada, antes de detenerse a pensar en qué le han querido decir. El autismo como magia, el exilio, la soledad, el abuso, la locura, son temas abordados con gran maestría por la autora. Los estereotipos se caen: es la mujer cubana que sale al destierro y que no se corresponde con las características que le asignan los españoles a toda cubana exiliada (no los menciono aquí porque va y Amazon me veta la reseña) Por favor, lean este libro que se muene entre Le Havre, Madrid y de rebote, La Habana. La recomiendo definitivamente.

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Breve reseña de La pasión de la reina era más grande que el cuadro.

Por María Eugenia Caseiro

“La nube los destroza / y la mosca gobierna / el ritmo que se goza / en una sola pierna.” Lezama

Margarita García Alonso, artista multifacética que ha realizado interesantes y a veces controversiales obras de la plástica contemporánea cubana que se edita fuera de la Isla, no sólo es dueña de un estilo indiscutiblemente dinámico y de aspectos muy destacables dentro de dicha labor, sino de una pluma ciertamente atrevida y a veces insolente como nos demuestra en su novela La pasión de la reina era más grande que el cuadro (Editions Hoy no he visto el paraíso, 2012). Tal vez el atrevimiento no sea otra cosa que esa manera audaz y ya madura que tienen los artistas de enfrentarse a la crítica, siempre imprevisible, la mayoría de las veces áspera. En tal atrevimiento está implícito el riesgo, el riesgo que es además un reto, y no hay artista que no saboree de antemano el reto y al que no le invada la temeridad del riesgo.

Nuestra autora toma el camino del riesgo, del reto que ella misma se impone con esta novela, narrada en primera persona, “la reina”, quien nos deja caer por el barranco de una faramalla monofásica y personal en que una sola idea fija fundamenta toda la trama y para la cual, Margarita García Alonso, la mujer siempre detrás del personaje, o detrás del color, ha tenido que fabricar el protagonismo. La reina es simplemente un peón del verdadero y único protagonista. Nuestra autora se ha valido de su pericia al aderezar la substancialidad, poniendo a “su reina”, al servicio del verdadero y único protagonista de su novela, la fijeza.

Con gradaciones blanquinegras sobre un tapiz monocromo y, ayudada por toda una serie de ingredientes psicosomáticos que se compendian en lo que la propia autora llama “neurastenia”, dispone una descarga que, yendo un poco más allá de lo individual, coloca al interlocutor imaginario en el estribo de su propia realidad dentro de otra de percepciones contrapuestas.

La reina crea universos de maquinaciones y la intriga es capaz de alcanzarnos en nuestra butaca a punto intentar tasar los diferentes universos creados por ésta que, a pesar de su realidad, concebida desde enfoques paralelos de la misma, hace de todos ellos una amalgama que por momentos pareciera querer a toda costa agotar la paciencia de su consabido e imaginario interlocutor. Y es que Platón dijo alguna vez “Donde reina el amor sobran las leyes”. Es precisamente en esos momentos en que la autora, al decir de Lezama: “La nube los destroza / y la mosca gobierna / el ritmo que se goza / en una sola pierna.”, representa también desde su estrato de invisibilidad, un personaje maldito detrás de su reina, y va saboreando el riesgo, sacando entramados de debajo de la manga, siempre girando sobre la fijeza, la misma fijeza que se renueva una y otra vez para regresar al punto de partida.

La obsesión infra-prismática de la reina creada por Margarita García Alonso, es un cúmulo de estados de fatiga amorosa, una red de sentimientos que a su vez encarna la parálisis a nivel evolutivo de esos sentimientos en una especie de encierro de quien ha sobrevivido el cañoneo y lucha a su manera, aunque esa lucha vaya en contra de sí mismo, pero que convierte en una especie de juego, obsequioso, de la suspensión de los mundos paralelos para poder recrearlos a su antojo y navegando en contra de su propia corriente de eufemismos, se abandona a una psiquis de propensiones abstrusas.

La Pasión de la reina era más grande que el cuadro, es un reto que la autora pone a disposición de la crítica, pero sobre todo, que ha sido destinada a lectores que habiendo vivido lo suficiente como para que la ensambladura de un mundo creado no sea un tropiezo, vean en sus páginas de obstinadas y discursivas aleaciones la puerta que un ser, a pesar de toda contradicción, auténtico, ha dejado entreabierta para explorar y conceptualizar un campo minado de fijezas.

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“La pasión de la reina era más grande que el cuadro”, por Joaquín Badajoz
Hace poco menos de dos meses, el 18 de septiembre para ser exacto, recibí tres cuadernos de poesía de Margarita García Alonso; y unas semanas más tarde, el 6 de octubre, para continuar con ese impertinente asunto de la exactitud, un breve mensaje: “la pasión, que explica un poco los poemas”. Al pie me adjuntaba una novella titulada: “La pasión de la reina era más grande que el cuadro”. Como me intrigó el título, tanto o más que el mensaje y, además, juraba que me enviaba las clavículas de Salomón, una carta de marear o clave para entender su poética, fue lo primero que me bebí. Me gusta, a veces, ser disciplinado, dejarme torear.

Como a esta alturas posiblemente entenderán, le creí; pero la liebre acariciada eriza el lomo, se transforma en gato montés. Pronto dejó de ser la suave pata de liebre de la buena suerte —esa que algunos colgaban de un llavero antes de la revolución vegetariana—, para clavar sus gatunas aguja hipodérmicas, y la inquieta nariz de liebre me sonrió con la grotesca y diabólica mueca casi humana de Popotas, el gato de Bulgakov. Y mientras eso sucedía, mientras seguía el ritmo de su prosa alucinada y gestual, fui comprendiendo que había sido engañado, pero no tanto. No era esta la llave maestra para navegar su poesía, sino para entrar a su atelier, es decir, hurgar un poco entre sus obsesiones y su mundo caótico.

“Para contar la historia del cuadro he tenido que engordar quince kilos”. Avanza el imán, con una gravedad, a estas alturas de la vida, andrógina: puesto que la vanidad se maquilla y se viste unisex. Lo que continúa es un episodio, sino totalmente testimonial, descarnadamente veraz, en el que se cuenta, casi todo el tiempo en primera persona, una historia rara y fascinante, la de una mujer, una artista madura, encerrada en su cuarto frente a un ordenador, viviendo al mismo tiempo varios mundos virtuales. Tan potente son sus memorias como su psiquis surrealista, los personajes reales o imaginarios que la habitan; porque esta mujer es un lienzo, un palimpsesto cubierto de infinitas cáscaras de óleo, que se resiste a dejarse concluir. Un cuerpo que cuenta su vida por cicatrices, esos “dispositivos de reminiscencias”, como aseguraba ese otro guajiro galo ilustre, Severo Sarduy, cuando escribía que “cada uno podría, recorriendo sus cicatrices, escribir su arqueología, descifrar sus tatuajes en otra tinta azul” (Arqueología de la piel, El Cristo de la Rue Jacob (Barcelona, Edicions del Mall, 1987). Pero donde Severo va a la marcas que cuentan una historia, Marga se explaya en la depauperación física y mental, la enajenación, que dejan marcas más profundas y deprimentes que cicatrices, ese desgaste que más que a una anécdota precisa alude a toda una epopeya vital, al paso irremisible del tiempo: descubrir frente al espejo que le regaló su hija las imperfecciones de sus poros, “un diente postizo, el antiestético que me colocó el dentista de la Avenida de Graville en Le Havre, a quien no he matado porque partí. Qué horror de diente. Me ha dejado entre el implante y la encía, el manchón negro de la raíz del diente desvitalizado, el cual sigue oscureciéndose y me impide reír. (…) Cuando tenga dinero me haré una sonrisa de capital y trabajaré en el Reina Sofía, o en la televisión española, repleta de animadoras viejas, gordas, arrugadas, tontas y llenas de mimos, quienes ganan altos salarios y no tienen vergüenza en hablar sandeces”. O cuando constata que no le “ha salido otra arruga en la cara, pero el óvalo del rostro sigue cayendo. Cae a partir de la comisura de los labios en la incipiente papada y me deprimo. El doctor me ha anunciado que entro en la menopausia y la palabra me larga a la transparencia. No es como tener ojeras, enojarme, o perder peso. Es nunca tener fines de mes, de treinta a treinta y un día fajándome con las facturas, los manuscritos que se acumulan y contagian esta cara que ya no existe”.
“La pasión de la reina… “ no es un rosario de penas; es más bien un diario febril, solo que su protagonista tiene suficiente coraje para narrar también sus desilusiones y fracasos, mientras de paso, sufre y vive, disfruta —puedo pensar— una historia más intensa que la de cualquier heroína. Y así, desbordada, riela entre los desahuciados, se deja seducir, seduce, vive vidas paralelas, construye ciudades y ordena —como hiciera alguna vez frente al computador matando la abulia y el sin sentido en juegos virtuales— un reino en el que ella es diosa coronada.
Esta es la historia de la mujer tras el papel, el código secreto, que como ya había anunciado, no me serviría de nada para leer su poesía —si acaso para escuchar otra versión paralela, para avisarme que me esperaban cornetas de bronce y una mirada descarnada contemplando el mundo cuántico.

JOAQUÍN BADAJOZ Miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Es presidente de la Comisión de Relaciones Públicas de la ANLE, miembro del consejo editorial de Glosas, de la ANLE, y miembro del consejo editorial de Cuadernos de ALDEEU (Asociación de licenciados y doctores españoles en Estados Unidos). Ha publicado los ensayos Excursión de Thor a Utgard, Colección Premio Calendario, Editora Abril, La Habana, 1996; Reinaldo Arenas a las puertas del delirio, en “Locura y éxtasis en las letras y artes hispánicas”, Cuadernos de ALDEEU, Vol. XVI, No.2, Nueva York, Marzo 2000; Exilio y Nacionalidad. La nación y la emigración en la encrucijada de los estados postnacionales, en “En el centenario de la República de Cuba”, Instituto de Estudios Cubano, Editora Corripio, Miami 2004; La sobrevida: Sonetos de la Muerte de Odón Betanzos, en “Odón Betanzos Palacios o la integridad del árbol herido”, Gerardo Piña Rosales, Ed./Círculo de escritores y poetas iberoamericanos de Nueva York, Nueva York, 2004; España Regurgitada (una lección de antehistoria, un artista cubanoamericano del spanglish y una aventura neosurrealista en la ciudad sitiada), en “Hispanos en los Estados Unidos: tercer pilar de la hispanidad”, Teachers College-Columbia University, Nueva York, 2004; entre otros. Ha publicado reseñas, poesía y narrativa en varias revistas y antologías de Cuba, España, Estados Unidos, Francia y México. Es editor ejecutivo de la revista Cosmopolitan en español. Reside en Miami, Estados Unidos.

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POR GINO GINORIS
“ soy una pintora sin lienzo, una escritora sin palabras, una mujer sin amor.”

Tengo un sueño, es que algunas veces hago eso, soñar. Estoy sentado frente a la impresora y una a una salen las páginas de una novela azul, el color es importante en este sueño y sí, también sueño a colores. Se me antoja que todo lo que se escribe en Le Havre es de ese color, como el tercer cielo que en ocasiones abraza a la pequeña ciudad del noroeste de Francia y desde la acera va subiendo con majestuosa altivez por los muros que contienen su apacible cotidianeidad.
Yo quería saber por qué una guajirita de Matanzas se había coronado Reina de un paraje tan alejado de los barrios provincianos de mi isla, la curiosidad me la mató al misma autora cuando sorpresivamente me regaló” La pasión de la reina era más grande que el cuadro” su novela más reciente.
Margarita García Alonso sabe de alquimias y pociones mágicas, de otra forma no me explico que un personaje desencantador resulte al final de la novela un ser de alguna forma “perdonado” y aquí dejo constancia de que odié, aborrecí, padecí y al mismo tiempo sentí lástima de Andrei, no sé donde colocar los otros sentimientos (creo que así se dice) que me han dejado esta novela, no soy el más indicado para establecer puntos de abordaje, pero de seguro estarán sobre la cuerda, como yo, buscando el equilibrio necesario entre la vida, la verdadera vida y esta obra que no dejará a nadie indiferente.
Portadora de un lenguaje ríspido, armónico y algunas veces golpeador, la novela nos vuelca de un tirón dentro del equipaje existencial de sus personajes, descritos con una sinceridad fuera de todo límite, los pasajes conmueven, la lectura distrae, entretiene, asusta, rompe conceptos y te hace replantearte algunas formulas que la modernidad nos ha ido imponiendo a los que como yo, un día decidieron aterrizar en cualquier pasto que no fuera aquel “rodeado de agua por todas partes”.
En un juego que nos hace cómplices y de alguna manera partícipes de la cadena de sucesos que aquí se cuentan, Margarita va descorriendo los velos que nunca vemos los lectores, el proceso creativo se desnuda acá, y lo hará de una forma descarnada y hasta atrevida, pero ojo, solo es una trampa , un recurso muy bien utilizado para enrolarnos en lo fascinante de esta historia contada en primera persona, donde el ser humano es el centro de su propio relato, y sobre su espalda, esplendorosamente dibujados y bien definidos van colgados sus miedos, la sordidez de sus intensiones, los conflictos entre el que da y el que recibe, las ausencias todas y esa necesidad casi enfermiza de irnos al descanso de una manera diferente a como nos levantamos en la mañana.

Créanme cuando digo que La pasión de la reina… es una aventura disfrutable y que después de esto las reinas de cualquier comarca vecina anudaran las cintas de sus diarios de vida porque “escribir no es asunto de un buen cerebro, de un corazón generoso, de manos diestras, ni tan siquiera de técnicas o de manuales de redacción y ortografía, escribir es asunto de tripa.”

Ahora que me acuerdo, les decía que tengo un sueño, pues al final de este, bajo la tenue luz del día que se marcha envuelvo en un papel azul la novela terminada, olorosa a tinta fresca, en la cual descubrí porqué Gracia Dediox se convirtió en reina. Luego despierto.

Gino Ginoris. Nació en Cárdenas, Matanzas, Cuba, en 1965. Reside en Chile desde el 2003, donde dirige la revista literaria Verbo des(nudo) en la cual ha editado a diferentes autores. Ha publicado “A la espera del próximo vuelo”, poesía, Argentina 2011; “El otro lado de la Bestia, Chile, 2013; así como poemas y relatos en diferentes revistas y publicaciones digitales de Chile, España, Canadá, Colombia. Ha sido prologado en varias antologías de poesía latinoamericana.

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La pasión de la reina era más grande que el cuadro (novela). Por Maricel Mayor Marsán

Libro desgarrador donde el exilio y la búsqueda de la felicidad se entrelazan con la amargura de una vida junto a Andrei (personaje odioso) y a otros maltratadores como el padre y el hermano de la protagonista, aparte de brindar una semblanza profunda del bajo mundo madrileño, donde la droga y el vicio se dan cita, para mayor desgracia de los exiliados que tienen que convivir en barrios marginales de dicha capital.
La pintura siempre es un buen pretexto para analizar la vida que nos rodea. Además, esa es la manera en que un pintor plasma e interpreta su mundo.
Hay una frase que me llegó mucho y me recordó una sensación que tuve hace varios años al morir mi propia abuela: “Mi abuela ha muerto y no podrá advertirme que la oscuridad ronda, que debo vigilar” en la sección 0009. Te confieso que me siento muy sola desde que ella se me fue y, me parece, que a tu personaje le pasa igual. Ya no es lo mismo.
Y, para finalizar, me parece genial esta frase, pero a la vez me llena de tristeza que alguien tenga que llegar a esa conceptualización filosófica: “Aprendiste a ser invisible en el exilio, a fuerza de tanto maltrato.”
Cuanto oprobio hemos tenido que sufrir para sentirnos vivos, incluso hasta preferir ser invisibles para evitar más daño.
Tu novela es una catarsis, una fuga de tu dolor interno y el desahogo de muchos años de soledad, que se condensan en la trama principal, a través de los personajes de la misma. Su estilo es muy original.
Maricel Mayor Marsán Santiago de Cuba (1952). Poeta, narradora, dramaturga, profesora y directora de redacción de la Revista Literaria Baquiana. Ha vivido en España y posteriormente en los Estados Unidos desde temprana edad. Entre sus libros más recientes se encuentran: Rumores de Suburbios (2009), Español o Espanglish ¿Cuál es el futuro de nuestra lengua en los EE.UU.? (2008), José Lezama Lima y la mitificación barroca (2007), Poemas desde Church Street (2006), En el tiempo de los adioses (2003), Gravitaciones Teatrales (2002) y Errores y Horrores/Sinopsis histórica poética del siglo XX (2000). Su obra ha sido traducida parcialmente al chino, inglés, italiano y sueco. En el año 1996 la Biblioteca Nacional de Poesía de los Estados Unidos le otorgó el Editor’s Choice Award por su obra poética y en el 2007 resultó ganadora del concurso de relatos breves “Chile con mis ojos” de la Televisión Nacional de Chile. En el 2009 fue invitada como poeta destacada en el Festival Internacional de Poesía de Austin (Texas, EE.UU.). Sus textos han sido publicados en revistas y antologías en América Latina, Asia, Estados Unidos, Europa y el Medio Oriente, tales como: Libertad, Creación e Identidad: Encuentro Mujer y Escritura, publicación del Centro de Solidaridad para el Desarrollo de la Mujer y la Universidad Autónoma de Santo Domingo en República Dominicana (1991); Nosotros los poetas (Antología poética) publicada por el Ministerio de Educación y Cultura en Montevideo, Uruguay (2001); Entrelíneas, revista de la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana en Tel Aviv, Israel (2003); Hispanos en los Estados Unidos: Tercer Pilar de la Hispanidad — Acta del Simposio Internacional sobre la Presencia Hispánica en los EE.UU. en Columbia University, Nueva York (2004); Las Letras — Homenaje a Carmen Conde en su centenario, publicado por el Patronato Carmen Conde en Cartagena, España (2006); Final de Entrega – Antología de poetas contra la violencia de género, publicado por la Unidad Mujer del Ayuntamiento de Córdoba en España (2006); Desde una plataforma en Manhattan — Antología de Maricel Mayor Marsán (1986 — 2006), publicada por la Universidad Autónoma de México (UAM) en Ciudad México, D.F. (2008); Nayagua — Revista Literaria de la Fundación Centro de Poesía José Hierro en Getafe — Madrid, España (2008); y la Enciclopedia del Español en los Estados Unidos (Anuario del Instituto Cervantes), publicada por la editorial Santillana en Madrid, España (2008). La prestigiosa editorial Holt, Rinehart and Winston ha incluido su poesía en los libros de texto, Exprésate (2006, 2007, 2008) y Cultura y Lenguaje (2007, 2008), para el estudio del español en las escuelas a nivel secundario de la nación norteamericana.

Circunloquio de los trabajos y los días

Por  Joaquín Badajoz

Hace poco menos de dos meses, el 18 de septiembre para ser exacto, recibí tres cuadernos de poesía de Margarita García Alonso; y unas semanas más tarde, el 6 de octubre, para continuar con ese impertinente asunto de la exactitud, un breve mensaje: “la pasión, que explica un poco los poemas”. Al pie me adjuntaba una novella titulada: “La pasión de la reina era más grande que el cuadro”.

Como me intrigó el título, tanto o más que el mensaje y, además, juraba que me enviaba las clavículas de Salomón, una carta de marear o clave para entender su poética, fue lo primero que me bebí.  Me gusta, a veces, ser disciplinado, dejarme torear.

Como a esta alturas posiblemente entenderán, le creí; pero la liebre acariciada eriza el lomo, se transforma en gato montés. Pronto dejó de ser la suave pata de liebre de la buena suerte —esa que algunos colgaban de un llavero antes de la revolución vegetariana—, para clavar sus gatunas aguja hipodérmicas, y la inquieta nariz de liebre me sonrió con la grotesca y diabólica mueca casi humana de Popotas, el gato de Bulgakov. Y mientras eso sucedía, mientras seguía el ritmo de su prosa alucinada y gestual, fui comprendiendo que había sido engañado, pero no tanto. No era esta la llave maestra para navegar su poesía, sino para entrar a su atelier, es decir, hurgar un poco entre sus obsesiones y su mundo caótico.

“Para contar la historia del cuadro he tenido que engordar quince kilos”. Avanza el imán, con una gravedad, a estas alturas de la vida, andrógina: puesto que la vanidad se maquilla y se viste unisex. Lo que continúa es un episodio, sino totalmente testimonial, descarnadamente veraz, en el que se cuenta, casi todo el tiempo en primera persona, una historia rara y fascinante, la de una mujer, una artista madura, encerrada en su cuarto frente a un ordenador, viviendo al mismo tiempo varios mundos virtuales. Tan potente son sus memorias como su psiquis surrealista, los personajes reales o imaginarios que la habitan; porque esta mujer es un lienzo, un palimpsesto cubierto de infinitas cáscaras de óleo, que se resiste a dejarse concluir. Un cuerpo que cuenta su vida por cicatrices, esos “dispositivos de reminiscencias”, como aseguraba ese otro guajiro galo ilustre, Severo Sarduy, cuando escribía que “cada uno podría, recorriendo sus cicatrices, escribir su arqueología, descifrar sus tatuajes en otra tinta azul” (Arqueología de la pielEl Cristo de la Rue Jacob (Barcelona, Edicions del Mall, 1987). Pero donde Severo va a la marcas que cuentan una historia, Marga se explaya en la depauperación física y mental, la enajenación, que dejan marcas más profundas y deprimentes que cicatrices, ese desgaste que más que a una anécdota precisa alude a toda una epopeya vital, al paso irremisible del tiempo: descubrir frente al espejo que le regaló su hija las imperfecciones de sus poros, “un diente postizo, el antiestético que me colocó el dentista de la Avenida de Graville en Le Havre, a quien no he matado porque partí. Qué horror de diente. Me ha dejado entre el implante y la encía, el manchón negro de la raíz del diente desvitalizado, el cual sigue oscureciéndose y me impide reír. (…) Cuando tenga dinero me haré una sonrisa de capital y trabajaré en el Reina Sofía, o en la televisión española, repleta de animadoras viejas, gordas, arrugadas, tontas y llenas de mimos, quienes ganan altos salarios y no tienen vergüenza en hablar sandeces”. O cuando constata que no le “ha salido otra arruga en la cara, pero el óvalo del rostro sigue cayendo. Cae a partir de la comisura de los labios en la incipiente papada y me deprimo. El doctor me ha anunciado que entro en la menopausia y la palabra me larga a la transparencia. No es como tener ojeras, enojarme, o perder peso. Es nunca tener fines de mes, de treinta a treinta y un día fajándome con las facturas, los manuscritos que se acumulan y contagian esta cara que ya no existe”.

“La pasión de la reina… “ no es un rosario de penas; es más bien un diario febril, solo que su protagonista tiene suficiente coraje para narrar también sus desilusiones y fracasos, mientras de paso, sufre y vive, disfruta —puedo pensar— una historia más intensa que la de cualquier heroína. Y así, desbordada, riela entre los desahuciados, se deja seducir, seduce, vive vidas paralelas, construye ciudades y ordena —como hiciera alguna vez frente al computador matando la abulia y el sin sentido en juegos virtuales— un reino en el que ella es diosa coronada.

Esta es la historia de la mujer tras el papel, el código secreto, que como ya había anunciado, no me serviría de nada para leer su poesía —si acaso para escuchar otra versión paralela, para avisarme que me esperaban cornetas de bronce y una mirada descarnada contemplando el mundo cuántico—. Un caligrafía y otras son la misma. “Cuaderno de la Herborista”  y “La Costurera de Malasaña” son caóticos libros de labores, un diario del diario, que sería algo así como un hipertexto, asomarse al mundo a través de un laberíntico queso gruyere: con una cara a La Mancha y la otra a Normandía. La costurera y la herborista intercambian oficios poéticos, son dos caras de una misma moneda; son los temas, los ambientes, los que varían, pero la furia es la misma. Donde la costurera escribe: “He de tomar consejo de todos, la fibra rota, el paño ligero para confeccionar el lienzo que me arropará la eternidad”, la herborista sacude la cabeza nihilista, se niega a hacer concesiones, responde: “Ya que no he podido entender a los hombres, recorto y coso pero no me sale un humano, me dedico a las plantas”. Aunque no hay que confundirse, no se trata de seres diferentes, ambas tejerán versos con la misma ironía, la irreverencia femenina que suele ser más transgresora y asexuada que la de muchos hombres cuando se tiene un temperamento volcánico y el demonio súcubo se deja habitar por varones. Persiste en ambas una obsesión por el paso del tiempo, “la vejez como enigma”, llegada de súbito: ¿Qué hice para envejecer/ sin conocer respiros? Cada amanecer me arranqué la piel,/ maduré mi muerte, rompí con martillos/ la extraña jaula, corté las lianas y ahora/ no me pertenece este rostro/ que refleja el espejo.”, dice en Fin de los bellos días, de Cuaderno de la Herborista (pág. 26). Pero dónde mejor se nota es en sus poemas estacionales, que alternan entre ambos libros: dedicados a los meses, la primavera, el otoño, la liturgia de las horas. El tiempo pasa “en un pueblo triste que se escurre/ en el extremo”. También la solitud, pero una soledad rebelde, de tonada y danza, revuela en sus páginas. Los hombres pasan “amante de una noche cálida” (pág. 26), “adolescente de lengua de látigo” (pág. 49), recios e idénticos —como troncos desalmados por la tala: “Los mancebos mostraban ramas/ de una dureza que modelaba/ el horizonte del árbol” (pág. 36), escribe en Lo bueno de comer manzanas. Pasan los hombres y también los desengaños que sofoca impúdica la herborista: “cerradas las piernas emito fuegos/ desde que pinto a un hombre,/ aunque nunca falte el dildo,/ el tildo y hasta el falo japonés/ en su caja decorada con un samurai” (pág. 9, Abejones entretenidos) y la costurera zurce desconsolada: “En una habitación llena de objetos,/ —una silla vieja como mesa de noche/ un flexo torcido—/ aunque no tengo el don de la conversación/ he escuchado muchísimas cosas./ Con ligereza de carrusel tocado/ por la indiferencia de los Hombres/ me asombra la cantidad de amigos/ prematuramente muertos/ de hambre y cosas peores” (pág. 8, Desconsuelo de la costurera)

La decepción de sus sujetos líricos, esas laboriosas y cáusticas mujeres —de tijera y hacha, de herbario y cajón de sastre—, trasciende el género. No es simple misandria, ese rechazo al hombre en minúsculas que sienten la mujeres despechadas, sino más bien misantropía, desencanto existencialista, espanto. Ante la falsedad del mundo, la costurera y la herborista se refugian en mundos inanimados, producen sus propias escenografías, insisten en sus faenas. Y esas manualidades encienden un espíritu taumatúrgico, curan la fiebre, regresan como memoria replicada, de una manera tan intensa que  la dictadura de cronos, el dolor y la soledad no acaban de borrar una sutil seducción, un encanto infantil, lleno de erotismo y rebeldía. La costurera y la herborista (y viceversa) se alimentan como Tamerlán, el gato de personal del Conde Cagliostro, de buena literatura; filosofando, más que asistiendo a los debates; luego zurcen y siembran, recortan y podan. Uno de los poemas que más me gusta de La Costurera de Malasaña —que dicho sea de paso, es un feliz título: la madrileña Malasaña encierra furia etimológica, un trágico bautizo y una conexión macabra entre Francia y España—dice:

Monederos de piel humana

Cuando los jóvenes poetas españoles

Celebraron en 1927 el homenaje

A don Luis de Góngora,

Gerardo Diego confesó

Que le había sido de mucha ayuda

Las descalificaciones de eruditos.

Si un escritor es despreciado

Por algún famoso académico,

enseguida busca descubrir

el hueso de la poesía.

Los eruditos siempre aciertan al revés,

como los meteorólogos de campanario.

Después de esto, no queda otro remedio que hacer mutis, y ni atreverse a tañer la campana retórica, que en la literatura, como en la vida, las palabras más huecas son las que más ruido hacen. Que solo sirvan estas huecas —y ya extensas— palabras mías para anunciar a la poeta.

 The Roads, noviembre, martes 13 i 2012.

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